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Sin datos históricos que contrastar, es fácil imaginar como transcurrieron lentamente los años de largos y crudos inviernos, con hielos, escarchas y nieves que dejaban los caminos intransitables. Aislados en el valle, pasaban las interminables noches al amor de la lumbre, bajo las chimeneas cónicas, negras de jorguines, e iluminados por las teas de los pinos. Durante el día no les faltaría trabajo reparando los aperos agrícolas, cuidando de los animales que se quedaban sin pastos y mejorando sus viviendas.

Celebraban fiestas mientras esperaban la voluble y tardía primavera de soles y heladas para ver crecer los trigos en las empinadas cuestas que, arrebatando a las aulagas y a los pedregales, convirtieron en tierras cultivables. Cuando llegaba, cavaban y estercolaban los huertos y limpiaban las acequias para poder regar en el estío; sacaban de las cuadras y las majadas las vacas, las cabras y las ovejas en busca de la hierba escarchada en las mañanas de abril y mayo. El verano era corto pero caluroso y agotador. Escardaban los cereales para librarlos de los malas hierbas, plantaban y cuidaban algunas verduras en la vega del río, segaban, acarreaban la mies a las eras, trillaban y aventaban la parva para recoger unos montones de grano que les proporcionaba trigo para hacer el pan, que no siempre duraba todo el año, y cebada y avena para alimentar a los animales.

En el otoño continuaban recolectando alimentos para el invierno, engordaban los cerdos y hacían acopio de leña para mantener el fuego encendido cuando los copos de nieve se colaban por las chimeneas asustando al humo, que descendía a refugiarse entre los muros de las cocinas enjalbegadas.

A finales del siglo XVII construyeron una nueva iglesia y a comienzos del XVIII encargaron un magnifico retablo barroco con la imagen de La Virgen de La Asunción que adoptaron como patrona.

Cómo en otros pueblos nombraron patrón a San Roque y cómo en tantos pueblos también plantaron un olmo en el centro de la plaza que habían configurado al construir la iglesia. Alrededor, y en las orillas de lo que sería el camino de Cabrejas a Cubilla se fueron extendiendo las casas. Sólo quedan unas muestras de lo que fue la arquitectura de bardas con barro y han desparecido las chimeneas de las cocinas redondas.

El olmo crecía en la plaza mientras se sucedían las generaciones y los inviernos.

En los pueblos de pinares se concedió un privilegio por el que cada año se cortan pinos y se distribuyen entre los vecinos un lote que se llama “la suerte” y que todavía perdura. Fue una gran ayuda económica en aquellos tiempos en los que resultaba difícil subsistir con las escasas cosechas arrebatadas a unas tierras dura y a un clima devastador.

A la suerte de pinos añadían la madera que obtenían de “matute”, que era la que cortaban e escondidas en los pinares comunales, e iniciaron su comercio. Para elaborarla, en la primera mitad del siglo XIX construyeron una serrería en la orilla del río que funcionaba con fuerza hidráulica. Ahora, La Sierra, sólo es un montón de ruinas casi ocultas por la maleza y unos restos de máquinas oxidados y esparcidos entre las piedras. En el año 1866 el Ayuntamiento la adquirió en subasta pública; sufrió incendios y abandonos pero fue reconstruida en el año 1918. Más tarde se transformó y además de aserradero fue una pequeña central eléctrica que hizo el milagro de llevar la luz al pueblo acortando las frías noches de teas y candiles.

Con la madera transformada se aventuraban por los caminos, con carros de llanta de hierro tirados por yuntas de vacas, a zonas alejadas de la provincia para proveerse de cereales o al mercado del Burgo de Osma. Tardaban días y semanas en sus periplos. Pasaban las noches en majadas y chozas del camino y en corros de lumbres guisaban las sabrosas sopas de ajo carretero que compartían con la gente con las que encontraban en sus rutas.

Volvían contentos con las compras y con historias para contar. Traían productos nuevos para romper la monotonía de las patatas guisadas con grasa de torreznos y huevos de tarde en tarde, que era la comida cotidiana.

Durante meses engordaban los cerdos y en el principio del invierno hacían la matanza en una mezcla de rito, con sangre y con fuego, y de fiesta familiar con grandes comidas y regocijo de los pequeños que se divertían con juegos y rondas en noches gélidas de cielo claro y estrellado Llenaban la despensa para el resto del año. En los veranos sudorosos de trabajo comían los chorizos, los lomos y las costillas que conservaban con aceite en las ollas de barro. En las fiestas grandes se guisaba un pollo de los que las gallinas criaban por los prados que rodeaban el pueblo. La verdura escaseaba en tierra alta de hielos y sólo el repollo acompañaba a las eternas patatas guisadas. Una naranja era un tesoro.

En los inicios del siglo XX el olmo de la plaza había crecido.

Las familias también crecían y no había tierras, ni madera, ni rebaños para procurar trabajo a todos los hijos. Comenzó la emigración y muchos se fueron a América; de algunos nunca mas se tuvo noticias, otros volvieron pobres cómo se fueron y unos pocos se hicieron fortuna y volvieron al pueblo algunos años para demostrar cómo vivían los tíos ricos americanos.

De la segunda República queda el recuerdo de un buen maestro que fue asesinado sólo por serlo.

En la primera mitad del siglo había aspectos de la vida del pueblo que guardaban muchas semejanzas con las de la época medieval: La pobreza, la monotonía y la escasez en los alimentos que se agudizó en la posguerra. La estructura de las viviendas, que tenían la cuadra en la planta baja para proporcionar calor al primer piso de arriba donde estaban la cocina, y las habitaciones para dormir, separadas en alcobas. En la cuadra estaban las vacas, las cabras, los cerdos y las gallinas. Arriba los padres, los hijos y los abuelos. Las palanganas, los orinales y la cuadra suplían las funciones del cuarto de baño. Las casas tenían un horno para cocer el pan de hogaza que se amasaba una vez a la semana. El agua se traía de la fuente con cántaros y calderos. Se bebía directamente en los botijos.

Los labradores usaban el arado romano, los azadones, los rastrillos y las palas. Los pastores andaban por el campo con abarcas y esquivaban el frío y la lluvia envueltos en gruesas mantas de lana. Uncían las yuntas de vacas. Algunos tenían cuatro, otros solamente una y formaban la pareja pidiendo prestada la de un familiar o un vecino. La vacada era el rebaño de todas las del pueblo que guardaba el vaquero. De la Cruz de mayo a los Santos, las vacas dormían en el campo.

Las cabras proporcionaban la leche del desayuno, y algún ingreso adicional con la venta de los cabritos. Triscaban los montes guardadas por el cabrero al que pagaban a escote los vecinos. A finales de los cincuenta quedaban tres rebaños de ovejas.

Había nacido el oficio de resinero que daba trabajo a varios vecinos. Se quitaba un trozo de corteza en el tronco del pino y unas astillas de la madera para provocarle una herida, por la que el pino generoso entregaba la resina. Se recogía en un cacharro de barro y después en una lata y después en una cuba para trasladarla a las fábricas donde obtenían el aguarrás y la colofonia.

El olmo creció y se hizo muy fuerte, sobrepasó la torre de la iglesia.

Observaba la vida del pueblo que transcurría bajo sus ramas.

Los domingos de invierno los hombres se quedaban a charlara a la salida de misa. Por la tarde los mozos jugaban a la pelota y las mujeres a la brisca. Los niños jugaban todo el año y en el otoño se enterraban en los montones de hojas amarillas hasta que el viento del norte las barría por las calles mezclándolas con los copos de las primeras nevadas. actuaban los titiriteros que aparecían de improviso; los cacharreros extendían las cazuelas, los pucheros, los botijos, los cántaros y las tarrizas que sacaban de los serones de las mulas; se compraban los cochinos pequeños para engordarlos, el pimentón y las especias de la matanza; se bailaba en la Fiesta; se celebraban las meriendas que el ayuntamiento ofrecía los días que se iba de “obras”, o cuando algún mozo forastero se casaba con una moza del pueblo y pagaba la “costumbre” Debajo del olmo se emprendía el recorrido del último camino hacia el cementerio.

A comienzos de los años sesenta en el pueblo había una escuela de niños y otra de niñas con más de veinte alumnos cada una. Los jóvenes se divertían bailando los domingos por la noche en el salón. También había dos bares, que además eran tiendas, y una panadería. No había farmacia, ni médico, ni cura. Había fragua, potro y pobrera. Se conservaba la costumbre de velar a los enfermos y visitar a los impedidos. Las calles se convertían en barrizales con la llegada de las lluvias y en pistas resbaladizas con el hielo. Cada vecino limpiaba su puerta y un trozo de calle para que los niños pudiesen ir a la escuela cuando caían las grandes nevadas. Hacía tiempo que la fábrica de luz no funcionaba. Los hombres encontraban jornales trabajando en “las limpias” del pinar. Las mujeres lavaban la ropa en el agua helada del lavadero. Desapareció la vacada. Los niños comían carámbanos de hielo.

Del pinar llegó el dinero para llevar el agua a las casas y para adoquinar las calles. Pusieron una centralita del teléfono y televisión en los dos bares.

En algunas casas hicieron cuarto de baño y el lavadero cayó en desuso. Dejaron de cultivarse las tierras de cereal. Se abandonó la resina. Los jóvenes se fueron del pueblo, a Valladolid, a Barcelona, a Madrid o a Zaragoza. Se cerraron primero, una escuela, después, la otra. Primero, un bar y después, el otro. Se arreglaron las casas.

El olmo enfermó de grafiosis. Era un mal que llegó de tierras muy lejanas atravesando Europa. Aguantó unos años con las hojas llenas de miles de agujeros, pero una primavera no volvió a brotar. Quedaron su tronco enorme y los muñones de sus viejas ramas presidiendo la plaza. Un día lo arrancaron, partieron el tronco en pedazos y lo dejaron abandonado en el borde de un camino donde se lo comen los gusanos.

Ahora hay nuevos árboles en su lugar y en verano muchos niños juegan a su alrededor. Todas las casas tienen cuarto de baño, teléfono y calefacción. Algunas están cerradas en invierno pero llenas de flores en verano. Hay un centro médico y un bar nuevo en el Ayuntamiento. Han vuelto algunos jóvenes que trabajan en Muriel. Recogen setas. Vienen de muchos pueblos a coger agua de la fuente del Chino. Se ponen campamentos de verano en las Novillas.

Permanecen los paisajes, el río, las fuentes y el monte. Los caminos y algunas veredas para llegar a La Lastra, al Enebral, a San Vicente, a Peñota, a las Tainas del Molino, al Prado de La Vega y a los Pinos Altos.

Quedan robles, sabinas, enebros y pinos. Crece el tomillo, la mejorana, la manzanilla, el cantueso, la lavanda, el brezo, la jara, y muchas, muchas flores en la primavera. Las primeras en llegar siempre son los narcisos.



Texto de Herminda Cubilla.


 
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