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Pinceladas sobre el lavadero de Muriel, para mi amiga Elo.

 

¿Dónde esta la peña? Me pregunta Elo siempre que va a Muriel.

La peña esta ahí, le digo, pero esos árboles que han crecido salvajes en los últimos años la ocultan con las ramas -Pero era tan grande…, musita incrédula, mientras la busca con su mirada nostálgica tras la maraña de hojas que el inicio del otoño ya ha puesto amarillas.

Éramos muy pequeñas cuando la roca arenisca, casi redonda, nos parecía una montaña altísima y muy difícil de escalar en aquellas tardes largas de primavera en las que, a escondidas, subíamos a lo alto colocando los pies en las oquedades por las que habían subido muchos niños de generaciones anteriores. No nos descubrían hasta que, ufanos de nuestra osadía, formábamos gran algarabía para llamar la atención desde la cumbre, que era una plataforma con una cruz de madera clavada en el centro.

A los gritos infantiles, pronto se unían los de nuestras madres, que aterrorizadas, nos conminaban a bajar de aquellas peligrosas alturas deprisa, pero con mucho cuidado, porque podríamos rompernos las piernas, los brazos e incluso hasta la cabeza si nos despeñábamos y caíamos al prado en el que se asentaba la peña que entonces tenía la base más estrecha que la cima y parecía un inmenso hongo de los que llamamos pedo de lobo y abundan en el pinar.

Debajo había una cueva y un zarzamoral. La cueva y el declive que el prado tenía desde la carretera se fueron rellenando con escombros y se formó una plataforma en la que comenzaron a crecer los chopos, los sauces, los saúcos y los endrinos que ahora la ocultan y, sólo en el invierno dejan adivinar su silueta gris cubierta de musgo y líquenes más grises, entre la maraña también gris de las ramas desnudas.

Fuera del prado, que estaba cerrado con alambres también crecieron las zarzas, las sargas, los juncos y los chopos que ocuparon otros prados que había en la orilla del río donde tendían la ropa a blanquearse al sol. Porque al otro lado de la carretera esta el lavadero, que estuvo a punto de desaparecer.

Los escalones que descendían por el terraplén de la carretera se desmoronaron y la hierba creció en el camino de la Fuente Vieja. El agua corriente llegó a las casas y con ella las pilas de lavar y el agua caliente, que evitaban el frió y la humedad del invierno y las manos enrojecidas por el agua gélida que entraba a las pilas del lavadero recién salida de los caños de la fuente.

En años sucesivos las lavadoras fueron librando a las mujeres de unos de los trabajos más duros de la condición femenina y el lavadero se lleno de soledad, de silencio y de olvido. Ya no se limpiaban, por adra y semanalmente las pilas en las que crecían algas verdes y daban al agua un aspecto escurridizo y verdoso; la rejilla de madera que rodeaba las pilas se pudrieron y la humedad y los hongos cubrieron el suelo.

Las últimas mujeres que lavaban en él fueron las feriantes que llegaban las vísperas de la fiesta y ponían a secar sus coloridas ropas en las puntiagudas rejas que defienden su soledad, pero dejaron de frecuentarlo quizá desanimadas por el color sospechoso del agua, la suciedad y el peligro que suponía su maltrecho tejado

Los niños también le olvidaron porque ya no resultaba excitante cruzar el muro que separaba las pilas cómo expertos funámbulos, a punto de perder el equilibro sobre una inmensa laguna, en cuyo fondo tenebroso vivía un dragón hambriento.

Un invierno de grandes nevadas las maderas carcomidas del viejo tejado no pudieron soportar el peso blanco y se desplomaron abriendo un boquete que la lluvia y la nieve fueron agrandando en los años sucesivos. Parecía condenado a convertirse en una ruina más, de tantas que hay en los pueblos sorianos.

Sin embargo, ahora los rayos del sol mañaneros se cuelan por las rejas y reverberan en el agua limpia que otra vez llena las pilas, pintadas del color azul de las piscinas, y proyectan fantasías de luz en el techo de madera nueva.

El agua llega alegre y cantarina del pilón de la fuente Vieja, cruza las pilas y sale cristalina hacia el arroyo que bordea los muros remozados de piedra. El sol, el agua y el viento son los únicos visitantes del lavadero restaurado que todos miran desde la carretera en cuya orilla hay una fuente nueva. Parece más grande después de las obras.

No han puesto sobre el cemento las losas de madera con dibujos de rombos donde restregaban con fuerza las ropas enjabonadas que después extendían con alegría por el agua lechosa y volvían a recoger con movimientos sinuosos para seguir restregando hasta que la suciedad desaparecía. En la primera pila lavaban y enjabonaban, en la del fondo, más pequeña, aclaraban la ropa lavada y limpia. Los días soleados extendían la ropa blanca, muy enjabonada, en los prados de alrededor, para que el sol perfeccionara el trabajo de los puños; al atardecer se aclaraba y después se le daba el azulete.

Las bolas de azulete se ponían en un atadillo de tela blanca y se metían en agua en los baldes de cinc. La inmersión de la ropa en el agua azulada con el añil disuelto era el final del lavado. Solo quedaba retorcer cada prenda con fuerza para escurrirla y volverla a tender para secarla al sol, siempre que era posible.

El lavadero era centro de reunión de las mujeres porque en la iglesia no podían hablar y a los bares, que también eran tiendas, sólo acudían a comprar, siempre con prisas.

Los hombres nunca lavaban; ayudaban a llevar los baldes grandes al lavadero con la ropa remojada en agua caliente, los días de invierno. Apenas pisaban el lavadero que era propiedad de las mujeres de todas las edades. A las niñas les gustaba jugar a ser mayores restregando pañuelos con las lonchas que iban quedando a medida que el jabón se gastaba; las mozas sacudían airosas las ropas sudadas y las más ancianas lavaban despacio restregando certeras allí donde la suciedad se acumulaba.

Las jóvenes los lunes, se contaban, bajito, los secretos de los bailes y los paseos de los domingos entre risas y suspiros. En el lavadero todas se sentían más libres y allí había lágrimas, carcajadas, disputas, gritos y peleas. Se contaban los acontecimientos que alteraban la vida cotidiana del pueblo y lo que no decían las palabras lo manifestaba la ropa lavada que desvelaba secretos de enfermedades, embarazos, noviazgos, festejos y penas. Después se propagaban las noticias anticipando el latiguillo: “Han dicho en el lavadero….”.

En las mañanas el lavadero estaba más lleno pero había mujeres que preferían la tarde porque el agua estaba mas limpia o por que tenían las mañanas ocupadas en otros trabajos.

Cuando el agua estaba clara se buscaban afanosamente en el fondo calcetines o pañuelos, que al ser pequeños se perdían en la profundidad y pedazos de jabón que resbalaban en descuidos y había que recuperar antes de que desapareciesen diluidos, cómo la leche condensada se diluye en el agua caliente. El jabón que se compraba en las tiendas se deshacía muy rápido, pero había otro jabón casero que duraba horas dentro del agua. Para hacerlo mezclaban grasas requemadas, manteca y tocino rancios en una tarriza con sosa cáustica. Era cómo fabricar una pócima mágica; daban vueltas con un palo a la mezcla durante un rato, que comenzaba a borbollar y desprendía humos misteriosos hasta convertirse en una pasta homogénea, que cuando se enfriaba, era el jabón que limpiaba la ropa de los lamparones que muchas veces había producido la misma grasa.

Cuanto más grande era la familia más ropa había que lavar y más tiempo se pasaba en el lavadero, auque no siempre se cumplía esta premisa. Había una mujer que pasaba la mayor parte del día de todos los días de la semana lavando, aclarando, tendiendo o recogiendo ropa. Era la tía Brígida.

No era del pueblo, llegó con su familia, y su marido fue vaquero durante años, pero murió. No tenía derecho a la suerte de los pinos, ni tenía huertos donde sembrar patatas y verduras; sólo contaba con un sueldo, que sería miserable, del único hijo que vivía con ella, el Mudito, que guardaba los burros del pueblo. Eran tiempos sin Seguridad Social y sin pensiones y ella se ganaba la vida lavando la ropa de algunas familias que podían permitirse el lujo de pagar para no lavar.

La tía Brígida lavaba y lavaba con su pelo estirado que recogía en un moño trenzado; con sus ojos azules siempre risueños, con sus manos siempre mojadas y rojas; con el delantal siempre húmedo sobre sus sayas negras. Andaba erguida y garbosa camino del lavadero y se inclinaba elegante para recoger la ropa estirada en los prados. No sé cuando dejó de lavar, siempre estaba lavando.

Para ella y para todas las mujeres que han lavado allí, es un homenaje que se haya restaurado el viejo lavadero con Fondos de Cooperación Local, cómo reza un letrero.

Podríamos llamarle “LAVADERO DE LA TIA BRÍGIDA” y el homenaje sería más generoso y más completo.

También podríamos buscarle una función, porque no tiene sentido restaurar ruinas para dejarlas abandonadas hasta que se vuelvan a caer.

Podríamos buscar alguna actividad que sirviera para unir al pueblo…….



Texto de Herminda Cubilla.


 
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