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Cómo tantos lugares Muriel Viejo tiene un sitio mítico y mágico que es el pico de San Vicente. El sol aparece cada mañana coronando la cima y la luna llena y las estrellas lo utilizan de balcón en las noches claras. Su silueta es el faro que señala el camino para volver al pueblo desde el oscuro laberinto de los pinares. Los últimos rayos del poniente iluminan las laderas para anunciar que otro día se termina. Arriba, en la planicie los moros dejaron escondido un becerro de oro que durante siglos nadie encontró porque sólo había que saber que estaba en aquel hoyo lleno de piedras, que eran las ruinas de una torre vigía y que, en la imaginación popular, llegó a ser una gran fortificación de la época musulmana.
Un día pusieron un poste para ver la televisión y después otro mucho más grande para la telefonía móvil. Subieron máquinas, perforaron el monte y descubrieron que la leyenda era verdadera. San Vicente guardaba el tesoro de la historia del pueblo entre las piedras amontonadas que ocultaban una necrópolis: las tumbas fueron arrasadas, pero de forma casual se salvó una magnifica estela que se ha depositado en la iglesia y que demuestra la importancia de los enterramientos destrozados.
Texto de Herminda Cubilla.
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